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Terra
La Coctelera

date una buena vida

¿Qué pretendo decirte poniendo un «haz lo que quieras» como lema
fundamental de esa ética hacia la que vamos tanteando? Pues sencillamente (aunque
luego resultará que no es tan sencillo, me temo) que hay que dejarse de órdenes y
costumbres de premios y castigos, en una palabra de cuanto quiere dirigirte desde
fuera, y que tienes que plantearte todo este asunto desde ti mismo, desde el fuero
interno de tu voluntad. No le preguntes a nadie qué es lo que debes hacer con tu vida:
Pregúntatelo a ti mismo. Si deseas saber en qué puedes emplear mejor tu libertad, no
la pierdas poniéndote ya desde el principio al servicio de otro o de otros, por buenos,
sabios y respetables que sean: interroga sobre el uso de tu libertad... a la libertad
misma.
Claro, como eres chico listo puede que te estés dando ya cuenta de que aquí
hay una cierta contradicción. Si te digo «haz lo que quieras» parece que te estoy
dando de todas formas una orden, «haz eso y no lo otro», aunque sea la orden de que
actúes libremente. ¡Vaya orden más complicada, cuando se la examina de cerca! Si la
cumples, la desobedeces (porque no haces lo que eres, sino lo que quiero yo que te
lo mando), si la desobedeces, la cumples (porque haces lo que tú quieres en lugar de
lo que yo te mando... ¡Pero eso es precisamente lo que te estoy mandando!). Créeme,
no pretendo meterte en un rompecabezas como los que aparecen en la sección de
pasatiempos de los periódicos. Aunque procure decirte todo esto sonriendo para que
no nos aburramos más de lo debido, el asunto es serio: no se trata de pasar el tiempo,
sino de vivirlo bien. La aparente contradicción que encierra ese «haz lo que
quieras»no es sino un reflejo del problema esencial de la libertad misma: a saber, que
no somos libres de no ser libres, que no tenemos más remedio que serlo. ¿Y si me
dices que ya está bien, que estás harto y que no quieres seguir siendo libre? ¿Y si
decides entregarte como esclavo al mejor postor o jurar que obedecerás en todo y para
siempre a tal o cual tirano? Pues lo harás porque quieres, en uso de tu libertad y
aunque obedezcas a otro o te dejes llevar por la masa seguirás actuando tal como
prefieres: no renunciarás a elegir, sino que habrás elegido no elegir por ti mismo. Por
eso un filósofo francés de nuestro siglo, Jean-Paul Sartre, dijo que «estamos
condenados a la libertad». Para esa condena no hay indulto que valga...
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De modo que mi «haz lo que quieras» no es más que una forma de decirte que
te tomes en serio el problema de tu libertad, lo de que nadie puede dispensarte de la
responsabilidad creadora de escoger tu camino. No te preguntes con demasiado
morbo si «merece la pena» todo este jaleo de la libertad, porque quieras o no eres
libre, quieras o no tienes que querer. Aunque digas que no quieres saber nada de
estos asuntos tan fastidiosos y que te deje en paz, también estarás queriendo...
queriendo no saber nada, queriendo que te dejen en paz aun a costa de aborregarte
un poco o un mucho. ¡Son las cosas del querer, amigo mío, como dice la copla! Pero
no confundamos este «haz lo que quieras» con los caprichos de que hemos hablado
antes. Una cosa es que hagas «lo que quieras» y otra bien distinta que hagas «lo
primero que te venga en gana». No digo que en ciertas ocasiones no pueda bastar la
pura y simple gana de algo: al elegir qué vas a comer en un restaurante, por ejemplo.
Ya que afortunadamente tienes buen estómago y no te preocupa engordar, pues
venga, pide lo que te dé la gana... Pero cuidado, que a veces con la «gana» no se gana
sino que se pierde. Ejemplo al canto.
No sé si has leído mucho la Biblia. Está llena de cosas interesantes y no hace
falta ser muy religioso —ya sabes que yo lo soy más bien poco— para apreciarlas. En
el primero de sus libros, el Génesis, se cuenta la historia de Esaú y Jacob, hijos de
Isaac. Eran hermanos gemelos, pero Esaú había salido primero del vientre de su madre,
lo que le concedía el derecho de primogenitura: ser primogénito en aquellos tiempos
no era cosa sin importancia, porque significaba estar destinado a heredar todas las
posesiones y privilegios del padre. A Esaú le gustaba ir de caza y correr aventuras,
mientras que Jacob prefería quedarse en casita, preparando de vez en cuando algunas
delicias culinarias. Cierto día volvió Esaú del campo cansado y hambriento. Jacob
había preparado un suculento potaje de lentejas y a su hermano, nada más llegarle el
olorcillo del guiso, se le hizo la boca agua. Le entraron muchas ganas de comerlo y
pidió a Jacob que le invitara. El hermano cocinero le dijo que con mucho gusto pero
no gratis sino a cambio del derecho de primogenitura. Esaú pensó: «Ahora lo que me
apetecen son las lentejas. Lo de heredar a mi padre será dentro de mucho tiempo.
¡Quién sabe, a lo mejor me muero yo antes que él!» y accedió a cambiar sus futuros
derechos de primogénito por las sabrosas lentejas del presente. ¡Debían oler
estupendamente esas lentejas! Ni que decir tiene que más tarde, ya repleta la panza,
se arrepintió del mal negocio que había hecho, lo que provocó bastantes problemas
entre los hermanos (dicho sea con el respeto debido, siempre me ha dado la impresión
de que Jacob era un pájaro de mucho cuidado). Pero si quieres saber cómo acaba la
historia léete el Génesis. Para lo que aquí nos interesa ejemplificar basta con lo que te
he contado.
Como te veo un poco sublevado, no me extrañaría que intentaras volver esta
historia contra lo que te vengo diciendo: «¿No me recomendabas tú eso tan bonito de
"haz lo que quieras"?, pues ahí tienes: Esaú quería potaje, se empeñó en conseguirlo
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y al final se quedó sin herencia. ¡Menudo éxito!» Si, claro, pero... ¿eran esas lentejas
lo que Esaú quería de veras o simplemente lo que le apetecía en aquel momento?
Después de todo, ser el primogénito era entonces una cosa muy rentable y en cambio
las lentejas ya se sabe: si quieres las tomas y si no las dejas... Es lógico pensar que lo
que Esaú quería en el fondo era la primogenitura, un derecho destinado a mejorarle
mucho la vida en un plazo más o menos próximo. Por supuesto, también le apetecía
comer potaje, pero si se hubiese molestado en pensar un poco se habría dado cuenta
de que este segundo deseo podía esperar un rato con tal de no estropear sus
posibilidades de conseguir lo fundamental. A veces los hombres queremos cosas
contradictorias que entran en conflicto unas con otras. Es importante ser capaz de
establecer prioridades y de imponer una cierta jerarquía entre lo que de pronto me
apetece y lo que en el fondo, a la larga, quiero. Y si no, que se lo pregunten a Esaú...
En el cuento bíblico hay un detalle importante. Lo que determina a Esaú para
que elija el potaje presente y renuncie a la herencia futura es la sombra de la muerte
o, si prefieres, el desánimo producido por la brevedad de la vida. «Como sé que me
voy a morir de todos modos y a lo mejor antes que mi padre..., ¿para qué molestarme
en dar más vueltas a lo que me conviene? ¡Ahora quiero lentejas y mañana estaré
muerto, de modo que vengan las lentejas y se acabó!» Parece como si a Esaú la certeza
de la muerte le llevase a pensar que la vida ya no vale la pena, que todo da igual. Pero
lo que hace que todo dé igual no es la vida, sino la muerte. Fíjate: por miedo a la
muerte, Esaú decide vivir como si ya estuviese muerto y todo diese igual. La vida está
hecha de tiempo, nuestro presente está lleno de recuerdos y esperanzas, pero Esaú
vive como si para él ya no hubiese otra realidad que el aroma de lentejas que le llega
ahorita mismo a la nariz, sin ayer ni mañana. Aún más: nuestra vida está hecha de
relaciones con los demás —somos padres, hijos, hermanos, amigos o enemigos,
herederos o heredados, etc.— pero Esaú decide que las lentejas (que son una cosa,
no una persona) cuentan más para él que esas vinculaciones con otros que le hacen
ser quien es. Y ahora una pregunta: ¿cumple Esaú realmente lo que quiere o es que la
muerte le tiene como hipnotizado, paralizando y estropeando su querer?
Dejemos a Esaú con sus caprichos culinarios y sus líos de familia. Volvamos
a tu caso, que es el que aquí nos interesa. Si te digo que hagas lo que quieras, lo
primero que parece oportuno hacer es que pienses con detenimiento y a fondo qué
es lo que quieres. Sin duda te apetecen muchas cosas, a menudo contradictorias,
como le pasa a todo el mundo: quieres tener una moto pero no quieres romperte la
crisma por la carretera, quieres tener amigos pero sin perder tu independencia, quieres
tener dinero pero no quieres avasallar al prójimo para conseguirlo, quieres saber cosas
y por ello comprendes que hay que estudiar pero también quieres divertirte, quieres
que yo no te dé la lata y te deje vivir a tu aire pero también que esté ahí para ayudarte
cuando lo necesites, etc. En una palabra, si tuvieras que resumir todo esto y poner en
palabras sinceramente tu deseo global de fondo, me dirías: «Mira, papi, lo que quiero
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es darme la buena vida.» ¡Bravo! ¡Premio para el caballero! Eso mismito es lo que yo
quería aconsejarte: cuando te dije «haz lo que quieras» lo que en el fondo pretendía
recomendarte es que te atrevieras a darte la buena vida. Y no hagas caso a los tristes
ni a los beatos, con perdón: la ética no es más que el intento racional de averiguar
cómo vivir mejor. Si merece la pena interesarse por la ética es porque nos gusta la
buena vida. Sólo quien ha nacido para esclavo o quien tiene tanto miedo a la muerte
que cree que todo da igual se dedica a las lentejas y vive de cualquier manera...
Quieres darte la buena vida: estupendo. Pero también quieres que esa buena
vida no sea la buena vida de una coliflor o de un escarabajo, con todo mi respeto para
ambas especies, sino una buena vida humana. Es lo que te corresponde, creo yo. Y
estoy seguro de que a ello no renunciarías por nada del mundo. Ser humano, ya lo
hemos indicado antes, consiste principalmente en tener relaciones con los otros seres
humanos. Si pudieras tener muchísimo dinero, una casa mas suntuosa que un palacio
de las mil y una noches, las mejores ropas, los más exquisitos alimentos (¡muchísimas
lentejas!), los más sofisticados aparatos, etc., pero todo ello a costa de no volver a ver
ni a ser visto por ningún ser humano jamás ¿estarías contento? ¿Cuánto tiempo
podrías vivir así sin volverte loco? ¿No es la mayor de las locuras querer las cosas a
costa de la relación con las personas? ¡Pero si precisamente la gracia de todas esas
cosas estriba en que te permiten —o parecen permitirte— relacionarte más
favorablemente con los demás! Por medio del dinero se espera poder deslumbrar o
comprar a los otros; las ropas son para gustarles o para que nos envidien, y lo mismo
la buena casa, los mejores vinos, etcétera. Y no digamos los aparatos: el vídeo y la tele
son para verles mejor, el compact para oírles mejor y así sucesivamente. Muy pocas
cosas conservan su gracia en la soledad; y si la soledad es completa y definitiva,
todas las cosas se amargan irremediablemente. La buena vida humana es buena vida
entre seres humanos o de lo contrario puede que sea vida pero no será ni buena ni
humana. ¿Empiezas a ver por dónde voy?
Las cosas pueden ser bonitas y útiles, los animales (por lo menos algunos)
resultan simpáticos, pero los hombres lo que queremos ser es humanos, no
herramientas ni bichos. Y queremos también ser tratados como humanos, porque eso
de la humanidad depende en buena medida de que los unos hacemos con los otros.
Me explico: el melocotón nace melocotón, el leopardo viene ya al mundo como
leopardo, pero el hombre no nace ya hombre del todo ni nunca llega a serlo si los
demás no le ayudan. ¿Por qué? Porque el hombre no es solamente una realidad natural
(como los melocotones o los leopardos), sino también una realidad cultural. No hay
humanidad sin aprendizaje cultural y para empezar sin la base de toda cultura (y
fundamento por tanto de nuestra humanidad): el lenguaje. El mundo en el que vivimos
los humanos es un mundo lingüístico, una realidad de símbolos y leyes sin la cual no
sólo seríamos incapaces de comunicarnos entre nosotros sino también de captar la
significación de lo que nos rodea. Pero nadie puede aprender a hablar por sí solo
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(como podría aprender a comer por sí solo o a mear —con perdón— por sí solo),
porque el lenguaje no es una función natural y biológica del hombre (aunque tenga
su base en nuestra condición biológica, claro está), sino una creación cultural que
heredamos y aprendemos de otros hombres.
Por eso hablar a alguien y escucharle es tratarle como a una persona, por lo
menos empezar a darle un trato humano. Es sólo un primer paso, desde luego, porque
la cultura dentro de la cual nos humanizamos unos a otros parte del lenguaje pero no
es simplemente lenguaje. Hay otras formas de demostrar que nos reconocemos como
humanos, es decir, estilos de respeto y de miramientos humanizadores que tenemos
unos para con otros. Todos queremos que se nos trate así y si no, protestamos. Por
eso las chicas se quejan de que se las trate como mujeres «objeto», es decir simples
adornos o herramientas; y por eso cuando insultamos a alguien le llamamos
«¡animal!», como advirtiéndole que está rompiendo el trato debido entre hombres y
que como siga así podemos pagarle con la misma moneda. Lo más importante de todo
esto me parece lo siguiente: que la humanización (es decir, lo que nos convierte en
humanos, en lo que queremos ser) es un proceso recíproco (como el propio lenguaje,
si te das cuenta). Para que los demás puedan hacerme humano, tengo yo que hacerles
humanos a ellos; si para mí todos son como cosas o como bestias, yo no seré mejor
que una cosa o una bestia tampoco. Por eso darse la buena vida no puede ser algo
muy distinto a fin de cuentas de dar la buena vida. Piénsalo un poco, por favor.
Más adelante seguiremos con esta cuestión. Ahora para concluir este
capítulo de modo más relajado, te propongo que nos vayamos al cine. Podemos ver,
si quieres, una hermosísima película dirigida e interpretada por Orson Welles:
Ciudadano Kane. Te la recuerdo brevemente, Kane es un multimillonario que con
pocos escrúpulos ha reunido en su palacio de Xanadú una enorme colección de todas
las cosas hermosas y caras del mundo. Tiene de todo, sin duda, y a todos los que le
rodean les utiliza para sus fines, como simples instrumentos de su ambición. Al final
de su vida, pasea solo por los salones de su mansión, llenos de espejos que le
devuelven mil veces su propia imagen de solitario: sólo su imagen le hace compañía.
Al fin muere, murmurando una palabra: «¡Rosebud!» Un periodista intenta adivinar
el significado de este último gemido, pero no lo logra. En realidad, «Rosebud» es el
nombre escrito en un trineo con el que Kane jugaba cuando niño, en la época en que
aún vivía rodeado de afecto y devolviendo afecto a quienes le rodeaban. Todas sus
riquezas y todo el poder acumulado sobre los otros no habían podido comprarle nada
mejor que aquel recuerdo infantil. Ese trineo, símbolo de dulces relaciones humanas,
era en verdad lo que Kane quería, la buena vida que había sacrificado para conseguir
millones de cosas que en realidad no le servían para nada. Y sin embargo la mayoría
le envidiaba... Venga, vámonos al cine: mañana seguiremos.

sin título


despierten cabrones!

Breve resumen de lo anteriormente publicado. El cazador Esaú, convencidode que para cuatro días que va a vivir uno todo da igual, sigue el consejo de su
barriga y renuncia a su derecho de primogenitura por un buen plato de lentejas ). El ciudadano Kane, por su parte, se dedicó durante muchos años a vender a todas las personas para poder comprarse todas las cosas; al final de su vida reconoce que cambiaría si pudiera su almacén repleto de cosas carísimas por la única cosa humilde —un viejo trineo— que le recordaba a cierta persona: a él mismo, antes de dedicarse a la compraventa, cuando prefería amar y ser amado que poseer o dominar. Tanto Esaú como Kane estaban convencidos de hacer lo que querían, pero
ninguno de ellos parece que consiguió darse una buena vida. Y sin embargo, si se les hubiera preguntado que es lo que deseaban de veras, habrían respondido lo mismo que tú (o que yo, claro): «Quiero darme la buena vida». Conclusión: está bastante claro lo que queremos (darnos la buena vida), pero no lo está tanto en que consiste
eso de «la buena vida». Y es que querer la buena vida no es un querer cualquiera,como cuando uno quiere lentejas, cuadros, electrodomésticos o dinero. Todos estos quereres son por decirlo así simples, se fijan en un solo aspecto de la realidad: no tienen perspectiva de conjunto. No hay nada malo en querer lentejas cuando se tiene hambre, desde luego: pero en el mundo hay otras cosas, otras relaciones, fidelidades debidas al pasado y esperanzas suscitadas por lo venidero, no sé, mucho más, todo lo que se te ocurra. En una palabra, no sólo de lentejas vive el hombre. Por conseguir
sus lentejas, Esaú sacrificó demasiados aspectos importantes de su vida, la simplificó más de lo debido. Actuó, como ya te he dicho, bajo el peso de la inminencia de la muerte. La muerte es una gran simplificadora: cuando estás a punto de estirar la pata importan muy pocas cosas (la medicina que puede salvarte, el aire que aún consiente en llenarte los pulmones una vez más...). La vida, en cambio, siempre es complejidad y casi siempre complicaciones. Si rehuyes toda complicación y buscas la gran simpleza (¡vengan las lentejas!) no creas que quieres vivir más y mejor sino morirte de
una vez. Y hemos dicho que lo que realmente deseamos es la buena vida, no la pronta muerte. De modo que Esaú no nos sirve como maestro.

También Kane simplificaba a su modo la cuestión. A diferencia de Esaú, no era derrochador, sino acumulador y ambicioso. Lo que quería era poder para manejar a los hombres y dinero para comprar cosas, muchas cosas bonitas y seguramente útiles. No tengo nada, figúrate, contra intentar conseguir dinero ni contra la afición a las cosas hermosas o útiles. No me fío de esa gente que dice que no se interesa por
el dinero y que asegura no necesitar nada de nada. A lo mejor estoy hecho de barro muy mal cocido, pero no me hace ninguna gracia quedarme sin blanca y si mañana los ladrones me desvalijaran la casa y se llevaran lo mio me sentaría como un tiro. Sin embargo, el deseo de tener más y más (dinero,
cosas...) tampoco me parece del todo sano. La verdad es que las cosas que tenemos nos tienen ellas también a nosotros en contrapartida: lo que poseemos nos posee. Me explico. Un día, un sabio budista le decía a su discípulo esto mismo que te estoy
diciendo y el discípulo le miraba con la misma cara rara («este tío está chalao») con la que a lo mejor tú lees esta página. Entonces el sabio preguntó al discípulo: «¿Qué es lo que más te gusta de esta habitación?» El avispado alumno señaló una estupenda
copa de oro y marfil que debía costar su buena lana. «Bueno, cógela», dijo el sabio, y el muchacho, sin esperar a que se lo dijeran dos veces, agarró firmemente la joyita con la mano derecha. «No se te ocurra soltarla, ¿eh?», observó el maestro con cierta
guasa; y después añadió: «¿No hay ninguna otra cosa que te guste también?» El discípulo reconoció que la bolsa llena de dinerito contante y sonante que estaba
sobre la mesa tampoco le producía repugnancia. «Pues nada, ¡ve por ella!» le animó el otro. Y el chico empuñó fervorosamente la bolsa con su mano izquierda. «Y ahora ¿qué?», preguntó al maestro con cierto nerviosismo. Y el sabio repuso: «¡Ahora
ráscate!» No había manera, claro. ¡Y mira que puede llegar uno a necesitar rascarse cuando le pica alguna parte del cuerpo... o aun del alma! Con las manos ocupadas, no puede uno rascarse a gusto ni hacer otros muchos gestos. Lo que tenemos muy
agarrado nos agarra también a su modo... o sea que más vale tener cuidado con no pasarse. En cierta forma, eso es lo que le ocurrió a Kane: tenía las manos y el alma tan ocupadas con sus posesiones que de pronto sintió un extraño picor y no supo con
qué rascarse. La vida es más complicada de lo que Kane suponía, porque las manos no
sólo sirven para coger sino también para rascarse o para acariciar. Pero la equivocación fundamental de ese personaje, si el que se equivoca no soy yo, fue otra. Obsesionado por conseguir cosas y dinero, trató a la gente como si también fueran
cosas. Consideraba que en eso consiste tener poder sobre ellas. Grave simplificación:
la mayor complejidad de la vida es precisamente ésa, que las personas no son cosas. Al principio no encontró dificultades: las cosas se compran y se venden y Kane compró y vendió también personas. De momento no le pareció que hubiese gran diferencia. Las cosas Se usan mientras sirven y luego se tiran: Kane hizo lo mismo con los que le rodeaban y se diría que todo marchaba bien. Tal como poseía las cosas,Kane se propuso poseer personas, dominarlas, manejarlas a su gusto. Así se portó
con sus amantes, con sus amigos, con sus empleados, con sus rivales políticos, con todo bicho viviente. Desde luego hizo mucho daño a los demás, pero lo peor desde su punto de vista (el punto de vista de alguien que suponemos quería darse «buena
vida», ya sabes) es que se fastidió seriamente a sí mismo. Intentaré aclararte esto porque me parece de la mayor importancia. Desengáñate:

de una cosa —aunque sea la mejor cosa del mundo— sólo
pueden sacarse... cosas. Nadie es capaz de dar lo que no tiene, ¿verdad?, ni mucho menos nada puede dar más de lo que es. Las lentejas son útiles para quitar el hambree pero no ayudan a aprender francés, por ejemplo; el dinero, por su parte, sirve para casi
todo y sin embargo no puede comprar una verdadera amistad (con mucho dinero se consigue servilismo, compañía de gorrones o sexo mercenario, pero nada más). Vamos, que un vídeo le puede prestar a otro vídeo una pieza pero no puede darle un beso...
Si los hombres fuésemos simples cosas, con lo que las cosas pueden darnos nos bastaría. Pero ésa es la complicación de que te hablaba que como no somos puras cosas, necesitamos «cosas» que las cosas no tienen. Cuando tratamos a los demás
como cosas, a la manera en que lo hacía Kane, lo que recibimos de ellos son también cosas: al estrujarlos sueltan dinero, nos sirven (como si fueran instrumentos mecánicos), salen, entran, se frotan contra nosotros o sonríen cuando apretamos el
debido botón... Pero de este modo nunca nos darán esos dones más sutiles que sólo las personas pueden dar. No conseguiremos así ni amistad, ni respeto, ni mucho menos amor. Ninguna cosa (ni siquiera un animal, porque la diferencia entre su
condición y la nuestra y es demasiado grande) puede brindarnos esa amistad, respeto, amor... en resumen, esa complicidad fundamental que sólo se da entre iguales y que a ti o a mí o a Kane, que somos personas, no nos pueden ofrecer más que otras
personas a las que tratemos como a tales. Lo del trato es importante, porque ya hemos dicho que los humanos nos humanizamos unos a otros. Al tratar a las personas como a personas y no como a cosas (es decir, al tomar en cuenta lo que quieren o lo que
necesitan y no sólo lo que puedo sacar de ellas) estoy haciendo posible que me devuelvan lo que sólo una persona puede darle a otra. A Kane se le olvidó este pequeño detalle y de pronto (pero demasiado tarde) se dio cuenta de que tenía de todo salvo lo que nadie más que otra persona puede dar:
aprecio sincero o cariño espontáneo o simple compañía inteligente. Como a Kane nunca nada pareció importarle salvo el dinero, a nadie le importaba nada de Kane salvo su dinero. Y el gran hombre sabía, además, que era por culpa suya. A veces uno
puede tratar a los demás como a personas y no recibir más que coces, traiciones o abusos. De acuerdo. Pero al menos contamos con el respeto de una persona, aunque no sea más que una: nosotros mismos. Al no convertir a los otros en cosas
defendemos por lo menos nuestro derecho a no ser cosas para los otros. Intentamos que el mundo de las personas —ese mundo en el que las personas tratan como tales
a otras, el único en el que de veras se puede vivir bien— sea. Supongo que posible la desesperación del ciudadano Kane al final de su vida no provenía simplemente de haber perdido el tierno conjunto de relaciones humanas que tuvo en su infancia, sino
de haberse empellado en perderlas y de haber dedicado su vida entera a estropearlas. No es que no las tuviera sino que se dio cuenta de que ya ni siquiera las merecía... Pero al multimillonario Kane seguro que le envidiaba muchísima gente, me
dirás. Seguro que muchos pensaban: «Ése sí que sabe vivir!» Bueno, ¿y qué? ¡Despierta de una vez! Los demás, desde fuera, pueden envidiarle a uno y no
saber que en ese mismo momento nos estamos muriendo de cáncer. ¿Vas a preferir darle gusto a los demás que satisfacerte a ti mismo? Kane consiguió todo lo que había oído decir que hace feliz a una persona: dinero, poder, influencia,
servidumbre... Y descubrió finalmente que a él, dijeran lo que dijeran, le faltaba lo fundamental: el auténtico afecto, el auténtico respeto y aun el auténtico amor de personas libres, de personas a las que él tratara como personas y no como a cosas.
Me dirás a lo mejor que ese Kane era un poco raro, como suelen serlo los protagonistas de las películas. Mucha gente se hubiera sentido de lo más satisfecha viviendo en semejante palacio y con tales hijos. La mayoría, me asegurarás en plan
cínico, no se hubiera acordado del trineo «Rosebud» para nada. A lo mejor Kane estaba chalado ... ¡mira que sentirse desgraciado con tantas cosas como tenía! Y yo te digo que dejes a la gente en paz y que sólo pienses en ti mismo. La buena vida que
tú quieres es algo así como la de Kane. ¿Te conformas con el plato de lentejas de
Esaú? No respondas demasiado de prisa. Precisamente la ética lo que intenta es
averiguar en qué consiste en el fondo, más allá de lo que nos cuentan o de lo que vemos en los anuncios de la tele, esa dichosa buena vida que nos gustaría pegarnos. A estas alturas ya sabemos que ninguna buena vida puede prescindir de las cosas
(nos hacen falta lentejas, que tienen mucho hierro), pero aún menos puede pasarse de personas. A las cosas hay que manejarlas como a cosas y a las personas hay que tratarlas como personas: de este modo las cosas nos ayudarán en muchos aspectos
y las personas en uno fundamental, que ninguna cosa puede suplir, el de ser humanos. ¿Se trata de una locura mía o del ciudadano Kane? A lo mejor ser
humanos no es cosa importante porque queramos o no ya lo somos sin remedio... Pero se puede ser humano-cosa o humano-humano, humano simplemente
preocupado en ganarse las cosas de la vida, todas las cosas, cuanto más cosas, mejor y humano dedicado a disfrutar de la humanidad vivida entre personas! Por favor, no te rebajes; deja las rebajas para las tiendas, que es lo suyo. Estoy de acuerdo en que muchos a primera vista no le conceden demasiada
importancia a lo que estoy diciendo. ¡Son de fiar? ¿Son los más listos o simplemente los que menos atención le prestan al asunto más importante, a su vida? Se puede ser listo para los negocios o para la política y un solemne borrico para cosas más serias
como lo de vivir bien o no. Kane era enormemente listo en lo que se refería al dinero y la manipulación de la gente, pero al final se dio cuenta de que estaba equivocado en lo fundamental. Metió la pata en donde más le convenía acertar. Te repito una palabra que me parece crucial papa este asunto: atención. No me refiero a la atención del
búho, que no habla pero se fija mucho (según el viejo chiste, ya sabes), sino a la disposición a reflexionar sobre lo que se hace y a intentar precisar lo mejor posible el sentido de esa «buena vida» que queremos vivir. Sin cómodas pero peligrosas
simplificaciones, procurando comprender toda la complejidad del asunto este de vivir (me refiero a vivir humanamente), que se las trae. Yo creo que la primera e indispensable condición ética es la de estar decididos a vivir de cualquier modo: estar convencido de que no todo da igual aunque
antes o después vayamos a morirnos. Cuando se habla de «moral» la gente suele referirse a esas órdenes y costumbres que suelen respetarse por lo menos
aparentemente y a veces sin saber muy bien por qué. Pero quizá el verdadero intríngulis no esté en someterse a un código o en llevar la contraria a lo establecido sino en intentar comprender.
Comprender por qué ciertos comportamientos nos convienen y otros no, comprender de qué va la vida y qué es lo que puede hacerla «buena» para nosotros los humanos. Ante todo, nada de contentarse con ser tenido por bueno, con quedar bien ante los
demás, con que nos den aprobado... Desde luego, para ello será preciso no sólo fijarse en plan búho , sino también hablar con los demás, dar razones y escucharlas. Pero el esfuerzo de tomar la decisión tiene que hacerlo cada cual en solitario: nadie puede ser libre por ti.
De momento te dejo dos cuestiones para que vayan pensando. La primera es ésta: ¿por qué está mal lo que está mal? Y la segunda es todavía más curada: ¿en qué consiste lo de tratar a las personas como a personas? Si siguen teniendo paciencia conmigo, intentaremos empezar a responder en los 'próximos capítulos.

citas 5

«Es la debilidad del hombre lo que le hace sociable; son nuestras comunes miserias las que inclinan nuestros corazones a la humanidad; si no fuésemos hombres,no le deberíamos nada. Todo apego es un signo de insuficiencia: si cada uno de nosotros no tuviese ninguna necesidad de los demás, ni siquiera pensaría en unirse a ellos. Así de nuestra misma deficiencia nace nuestra frágil dicha. Un ser
verdaderamente feliz es un ser solitario: sólo Dios goza de una felicidad absoluta; pero ¿quién de nosotros tiene idea de cosa semejante? Si alguien imperfecto pudiese bastarse a sí mismo, ¿de qué gozaría, según nosotros? Estaría solo, sería desdichado. Yo no concibo que quien no tiene necesidad de nada pueda amar algo: y no concibo
que quien no ame nada pueda ser feliz» (Jean-Jacques Rousseau, Emilio).

«En efecto, por lo que respecta a aquellos cuya atareada pobreza ha usurpado el nombre de riqueza, tienen su riqueza como nosotros decimos que tenemos fiebre, siendo así que es ella la que nos tiene cogidos.»
(Séneca, Cartas a Lucilio).

«Como la razón no exige nada que sea contrario a la naturaleza, exige, por consiguiente, que cada cual se ame a sí mismo, busque su utilidad propia —lo que
realmente le sea útil—, apetezca todo aquello que conduce realmente al hombre a una perfección mayor y, en términos absolutos, que cada cual se esfuerce cuanto está en su mano por conservar su ser (...). Y así, nada es más útil al hombre que el hombre; quiero decir que nada pueden desear los hombres que sea mejor para la conservación de su ser que el concordar todos en todas las cosas, de suerte que las almas de todos formen como una sola alma, y sus cuerpos como un solo cuerpo, esforzándose todos
a la vez, cuanto puedan, en conservar su ser, y buscando todos a una la común utilidad, de donde se sigue que los hombres que se guían por la razón, es decir, los hombres que buscan su utilidad bajo la guía de la razón, no apetecen para sí nada que
no deseen para los demás hombres, y, por ello, son justos, dignos de confianza y honestos»
(Spinoza, Ética).

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somos chivas ciento por ciento
chivas_cd@hotmail.com

carlos

la conciencia

¿Sabes cuál es la única obligación que tenemos en esta vida? Pues no ser
imbéciles. La palabra «imbécil» es más sustanciosa de lo que parece, no te vayas a
creer. Viene del latín baculus que significa «bastón»: el imbécil es el que necesita
bastón para caminar. Que no se enfaden con nosotros los cojos ni los ancianitos,
porque el bastón al que nos referimos no es el que se usa muy legítimamente para
ayudar a sostenerse y dar pasitos a un cuerpo quebrantado por algún accidente o por
la edad. El imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela
olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo: es su
espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas tremendas.
Hay imbéciles de varios modelos, a elegir:
a) El que cree que no quiere nada, el que dice que todo le da igual, el que vive
en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no
ronque.
b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario
de lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos
y dar besos sublimes, todo a la vez.
c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los
quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace está
dictado por la opinión mayoritaria de los que le rodean: es conformista sin reflexión
o rebelde sin causa.
d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué
lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina
siempre haciendo lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana, a ver si
entonces se encuentra más entonado.
e) El que quiere con fuerza y ferocidad, en plan bárbaro, pero se ha engañado
a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina
confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo.
Todos estos tipos de imbecilidad necesitan bastón, es decir, necesitan
apoyarse en cosas de fuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la
reflexión propias. Siento decirte que los imbéciles suelen acabar bastante mal, crea lo
que crea la opinión vulgar. Cuando digo que «acaban mal» no me refiero a que terminen en la cárcel o fulminados por un rayo (eso sólo suele pasar en las películas)
sino que te aviso de que suelen fastidiarse a sí mismos y nunca logran vivir la buena
vida esa que tanto nos apetece a ti y a mí. Y todavía siento más tener que informarte
que síntomas de imbecilidad solemos tener casi todos; vamos, por lo menos yo me los
encuentro un día sí y otro también, ojalá a ti te vaya mejor en el intento... Conclusión:
¡alerta! ¡en guardia!, ¡la imbecilidad acecha y no perdona!
Por favor, no vayas a confundir la imbecilidad de la que te hablo con lo que
a menudo se llama ser «imbécil», es decir, ser tonto, saber pocas cosas, no entender
la trigonometría o ser incapaz de aprenderse el subjuntivo del verbo francés aimer.
Uno puede ser imbécil para las matemáticas (¡que le voy a hacer!) y no serlo para la moral, es
decir, para la buena vida. Y al revés: los hay que son linces para los negocios y unos
perfectos cretinos para cuestiones de ética. Seguro que el mundo está lleno de
premios Nobel, listísimos en lo suyo, pero que van dando tropezones y bastonazos
en la cuestión que aquí nos preocupa. Desde luego, para evitar la imbecilidad en
cualquier campo es preciso prestar atención, como ya hemos dicho en el capítulo
anterior, y esforzarse todo lo posible por aprender. En estos requisitos coinciden la
física o la arqueología y la ética. Pero el negocio de vivir bien no es lo mismo que el
de saber cuánto son dos y dos. Saber cuánto son dos y dos es cosa preciosa, sin
duda, pero al imbécil moral no es esa sabiduría la que puede librarle del gran batacazo.
Por cierto, ahora que lo pienso... ¿cuánto son dos y dos?
Lo contrario de ser moralmente imbécil es tener conciencia. Pero la conciencia no es algo que le toque a uno en una tómbola ni que nos caiga del cielo.
Por supuesto, hay que reconocer que ciertas personas tienen desde pequeñas mejor «oído» ético que otras y un «buen gusto» moral espontáneo, pero este, «oído» y ese «buen gusto» pueden afirmarse y desarrollarse con la práctica (lo mismo que el oído
musical y el buen gusto estético). ¿Y si alguien carece en absoluto de semejante
«oído» o «buen gusto» en cuestiones de bien vivir? Pues, chico, mal remedio le veo
a su caso. Uno puede dar muchas razones estéticas, basadas en la historia, la armonía
de formas y colores, en lo que quieras, para justificar que un cuadro de picasso
tiene mayor mérito artístico que un dibujo de rosita fresita. Pero si después de
mucho hablar alguien dice que prefiere a rosita fresita que a picasso no sé cómo vamos
a arreglárnoslas para sacarle de su error. Del mismo modo, si alguien no ve malicia
ninguna en matar a martillazos a un niño para robarle el chupete, me temo que nos
quedaremos roncos antes de lograr convencerle...
Bueno, admito que para lograr tener conciencia hacen falta algunas cualidades innatas, como para apreciar la música o disfrutar con el arte. Y supongo
que también serán favorables ciertos requisitos sociales y económicos pues a quien se ha visto desde la cuna privado de lo humanamente más necesario es difícil exigirlela misma facilidad para comprender lo de la buena vida que a los que tuvieron mejor
suerte. Si nadie te trata como humano, no es raro que vayas a lo bestia... Pero una vez
concedido ese mínimo, creo que el resto depende de la atención y esfuerzo de cada
cual. ¿En qué consiste esa conciencia que nos curará de la imbecilidad moral?
Fundamentalmente en los siguientes rasgos:
a) Saber que no todo da igual porque queremos realmente vivir y además
vivir bien, humanamente bien.
b) Estar dispuestos a fijarnos en si lo que hacemos corresponde a lo que de
veras queremos o no.
c) A base de práctica, ir desarrollando el buen gusto moral de tal modo que
haya ciertas cosas que nos repugne espontáneamente hacer (por ejemplo, que le dé
a uno «asco» mentir como nos da asco por lo general mear en el plato de la que
vamos a servirnos de despues.
d) Renunciar a buscar coartadas que disimulen que somos libres y por tanto
razonablemente responsables de las consecuencias de nuestros actos.
Como verás, no invoco en estos rasgos descriptivos motivo diferente para
preferir lo de aquí a lo de allá, la conciencia a la imbecilidad, que tu propio provecho.
¿Por qué está mal lo que llamamos «malo»? Porque no le deja a uno vivir la buena vida
que queremos. ¿Resulta pues que hay que evitar el mal por una especie de egoísmo?
Ni más ni menos. Por lo general la palabra « egoísmo» suele tener mala prensa: se llama
«egoísta» a quien sólo piensa en sí mismo y no se preocupa por los demás, hasta el
punto de fastidiarles tranquilamente si con ello obtiene algún beneficio. En este
sentido diríamos que el ciudadano Kane era un «egoísta» o también Calígula, aquel
emperador romano capaz de cometer cualquier crimen por satisfacer el más simple de sus caprichos. Estos personajes y otros parecidos suelen ser considerados egoístas (incluso monstruosamente egoístas) y desde luego no se distinguen por lo exquisito
de su conciencia ética ni por su empeño en evitar hacer el mal...
De acuerdo, pero ¿son tan egoístas como parece estos llamados «egoístas»?
¿Quién es el verdadero egoísta? Es decir: ¿quién puede ser egoísta sin ser imbécil? La
respuesta me parece obvia: el que quiere lo mejor para sí mismo. Y ¿qué es lo mejor?
Pues eso que hemos llamado «buena vida». ¿Se dio una buena vida Kane? Si hemos
de creer lo que nos cuenta Orson Welles no parece. Se empeñó en tratar a las personas como si fueran cosas y de este modo se quedó sin los regalos humanamente más apetecibles de la vida, como el cariño sincero de los otros o su amistad sin
cálculo. Y Calígula, no digamos. ¡Vaya vida que se infligió el pobre chico! Los únicos sentimientos sinceros que consiguió despertar en su prójimo fueron el terror y el odio. ¡Hay que ser imbécil, moralmente imbécil, para suponer que es mejor vivir rodeado de pánico y crueldad que entre amor y agradecimiento! Para concluir, al despistado de
Calígula se lo cargaron sus propios guardias, claro: ¡menuda birria de egoísta estaba
hecho si lo que quiso es darse la buena vida a base de fechorías! Si hubiera pensado
de veras en sí mismo (es decir, si hubiese tenido conciencia) se habría dado cuenta de
que los humanos necesitamos para vivir bien algo que sólo los otros humanos pueden
darnos si nos lo ganamos pero que es imposible de robar por la fuerza o los engaños.
Cuando se roba, ese algo (respeto, amistad, amor) pierde todo su buen gusto y a la
larga se convierte en veneno. Los «egoístas» del tipo de Kane o Calígula se parecen
a esos concursantes del Un, dos, tres o de El precio justo que quieren conseguir el
premio mayor pero se equivocan y piden la calabaza que no vale nada...
Sólo deberíamos llamar egoísta consecuente al que sabe de verdad lo que le
conviene para vivir bien y se esfuerza por conseguirlo. El que se harta de todo lo que
le sienta mal (odio, caprichos criminales, lentejas compradas a precio de lágrimas, etc.)
en el fondo quisiera ser egoísta pero no sabe. Pertenece al gremio de los imbéciles y
habría que recetarle un poco de conciencia para que se amase mejor a sí mismo.
Porque el pobrecillo (aunque sea un pobrecillo millonario o un pobrecillo emperador)
cree que se ama a sí mismo pero se fija tan poco en lo que de veras le conviene que
termina portándose como si fuese su peor enemigo. Así lo reconoce un célebre villano
de la literatura universal, el Ricardo III de Shakespeare en la tragedia de ese mismo
título. Para llegar a convertirse en rey, el conde de Gloucester (que finalmente será
coronado como Ricardo III) elimina a todos los parientes varones que se interponen
entre el trono y él, incluyendo hasta niños. Gloucester ha nacido muy listo, pero
contrahecho, lo que ha sido un constante sufrimiento para su amor propio; supone
que el poder real compensará en cierto modo su joroba y su pierna renga, logrando así
inspirar el respeto que no consigue por medio de su aspecto físico. En el fondo,
Gloucester quiere ser amado, se siente aislado por su malformación y cree que el
afecto puede imponerse a los demás... ¡a la fuerza, por medio del poder! Fracasa, claro
está: consigue el trono, pero no inspira a nadie cariño sino horror y después odio. Y
lo peor de todo es que él mismo, que había cometido todos sus crímenes por amor
propio desesperado, siente ahora horror y odio por sí mismo: ¡no sólo no ha ganado
ningún nuevo amigo sino que ha perdido el único amor que creía seguro! Es entonces
cuando pronuncia el espantoso y profético diagnóstico de su caso clínico: «Me
lanzaré con negra desesperación contra mi alma y acabaré convertido en enemigo de
mí mismo.»
¿Por qué termina Gloucester vuelto un «enemigo de sí mismo»? ¡Acaso no
ha conseguido lo que quería, el trono? Sí, pero al precio de estropear su verdadera
posibilidad de ser amado y respetado por el resto de sus compañeros humanos. Un
trono no concede automáticamente ni amor ni respeto verdadero: sólo garantiza
adulación temor y servilismo. Sobre todo cuando se consigue por medio de fechorías,
como en el caso de Ricardo III. En vez de compensar de algún modo su deformación
física Gloucester se deforma también por dentro. Ni de su joroba ni de su cojera tenía
él la culpa, por lo que no había razón para avergonzarse de esas casualidades
infortunadas: los que se rieran de él o le despreciaran por ellas son quienes hubieran
debido avergonzarse. Por fuera los demás le veían contrahecho, pero él por dentro
podía haberse sabido inteligente, generoso y digno de afecto; si se hubiera amado de
verdad a sí mismo, debería haber intentado exteriorizar por medio de su conducta ese
interior limpio y recto, su verdadero yo. Por el contrario, sus crímenes le convierten
ante sus propios ojos (cuando se mira a sí mismo por dentro, allí donde nadie más que
él es testigo) en un monstruo más repugnante que cualquier contrahecho físico. ¿Por
qué? Porque de sus jorobas y cojeras morales es él mismo responsable, a diferencia
de las otras que eran azares de la naturaleza. La corona manchada de traición y de
sangre no le hace más amable, ni mucho menos: ahora se sabe menos digno de amor
que nunca y ni él mismo se quiere ya. ¿Llamaremos «egoísta» a alguien que fastidia
tanto a sí mismo?
En el párrafo anterior he utilizado unas palabras severas que quizá no se te
hayan escapado (si se te han escapado, mala suerte): palabras como «culpa» o
«responsable». Suenan a lo que habitualmente se relaciona con la conciencia, ¿no?,
lo de Pepito Grillo y demás. No me ha faltado más que mencionar el mas «feo» de esos
títulos: remordimiento. Sin duda lo que amarga la existencia a Gloucester y no le deja
disfrutar de su trono ni de su poder son ante todo los remordimientos de su
conciencia. Y ahora yo te pregunto: ¿sabes de dónde vienen los remordimientos? En
algunos casos, me dirás, son reflejos íntimos del miedo que sentimos ante el castigo
que puede merecer —en este mundo o en otro después de la muerte, si es que lo
hay— nuestro mal comportamiento. Pero supongamos que Gloucester no tiene miedo
a la venganza justiciera de los hombres y no cree que haya ningún Dios dispuesto a
condenarle al fuego eterno por sus fechorías. Y, sin embargo, sigue desazonado por
los remordimientos... Fíjate: uno puede lamentar haber obrado mal aunque esté
razonablemente seguro de que nada ni nadie va a tomar represalias contra él. Y es
que, al actuar mal y darnos cuenta de ello comprendemos que ya estamos siendo
castigados, que nos hemos estropeado a nosotros mismos —poco o mucho—
voluntariamente. No hay peor castigo que darse cuenta de que uno está boicoteando
con sus actos lo que en realidad quiere ser...
¿Que de dónde vienen los remordimientos? Para mí está muy claro: de nuestra
libertad. Si no fuésemos libres, no podríamos sentirnos culpables (ni orgullosos,
claro) de nada y evitaríamos los remordimientos. Por eso cuando sabemos que hemos
hecho algo vergonzoso procuramos asegurar que no tuvimos otro remedio que obrar
así, que no pudimos elegir: «yo cumplí órdenes de mis superiores», «vi que todo el
mundo hacía lo mismo», «perdí la cabeza», «es más fuerte que yo», «no me di cuenta
de lo que hacía», etcétera. Del mismo modo el niño pequeño, cuando se cae al suelo
y se rompe el tarro de mermelada que intentaba coger de lo alto de la estantería, grita
lloroso: «¡Yo no he sido!» Lo grita precisamente porque sabe que ha sido él; si no
fuera así, ni se molestaría en decir nada y quizá hasta se riera y todo. En cambio, si ha
dibujado algo muy bonito en seguida proclamará: «¡Lo he hecho yo solito, nadie me
ha ayudado!» Del mismo modo, ya mayores, queremos siempre ser libres para atribuirnos el mérito de lo que logramos pero preferimos confesarnos «esclavos de las circunstancias» cuando nuestros actos no son precisamente gloriosos.
Despachemos con viento fresco al pelmazo de Pepito Grillo: la verdad es que
me ha resultado siempre tan poco simpático como aquel otro insecto detestable, la
hormiga de la fábula que deja a la locuela cigarra sin comida ni cobijo en invierno sólo
para darle una lección, la muy grosera. De lo que se trata es de tomarse en serio la
libertad, o sea de ser responsable. Y lo serio de la libertad es que tiene efectos
indudables, que no se pueden borrar a conveniencia una vez producidos. Soy libre de
comerme o no comerme el pastel que tengo delante; pero una vez que me lo he
comido, ya no soy libre de tenerlo delante o no. Te pongo otro ejemplo, éste de
Aristóteles (ya sabes, aquel viejo griego del barco en la tormenta): si tengo una piedra
en la mano, soy libre de conservarla o de tirarla, pero si la tiro a lo lejos ya no puedo
ordenarle que vuelva para seguir teniéndola en la mano. Y si con ella le parto la crisma
a alguien... pues tú me dirás. Lo serio de la libertad es que cada acto libre que hago
limita mis posibilidades al elegir y realizar una de ellas. Y no vale la trampa de esperar
a ver si el resultado es bueno o malo antes de asumir si soy o no su responsable.
Quizá pueda engañar al observador de fuera, como pretende el niño que dice «¡yo no
he sido!», pero a mí mismo nunca me puedo engañar del todo. Pregúntaselo a
Gloucester... ¡o a Pinocho!
De modo que lo que llamamos «remordimiento» no es más que el
descontento que sentimos con nosotros mismos cuando hemos empleado mal la
libertad, es decir, cuando la hemos utilizado en contradicción con lo que de veras
queremos como seres humanos. Y ser responsable es saberse auténticamente libre,
para bien y para mal: apechugar con las consecuencias de lo que hemos hecho,
enmendar lo malo que pueda enmendarse y aprovechar al máximo lo bueno. A
diferencia del niño malcriado y cobarde, el responsable siempre está dispuesto a
responder de sus actos: «¡Sí, he sido yo!» El mundo que nos rodea, si te fijas, está
lleno de ofrecimiento para descargar al sujeto del peso de su responsabilidad. La culpa
de lo malo que sucede parece ser de las circunstancias, de la sociedad en la que
vivimos, del sistema capitalista, del carácter que tengo (¡es que yo soy así!), de que
no me educaron bien (o me mimaron demasiado), de los anuncios de la tele, de las
tentaciones que se ofrecen en los escaparates, de los ejemplos irresistibles y
perniciosos... Acabo de usar la palabra clave de estas justificaciones: irresistible.
Todos los que quieren dimitir de su responsabilidad creen en lo irresistible, aquello
que avasalla sin remedio, sea propaganda, droga, apetito, soborno, amenaza, forma de
ser... lo que salte. En cuanto aparece lo irresistible, ¡zas!, deja a uno de ser libre y se
convierte en marioneta a la que no se le deben pedir cuentas. Los partidarios del
autoritarismo creen firmemente en lo irresistible y sostienen que es necesario prohibir
todo lo que puede resultar avasallador: ¡una vez que la policía haya acabado con
todas las tentaciones, ya no habrá más delitos ni pecados! Tampoco habrá ya libertad,
claro, pero el que algo quiere, algo le cuesta... Además ¡qué gran alivio, saber que si
todavía queda por ahí alguna tentación suelta la responsabilidad de lo que pase es de
quien no lo prohibió a tiempo y no de quien cede a ella!
¿Y si yo te dijera que lo «irresistible» no es más que una superstición,
inventada por los que le tienen miedo a la libertad? ¿Que todas las instituciones y
teorías que nos ofrecen disculpas para la responsabilidad no nos quieren ver más
contentos sino sabernos más esclavos. Que quien espera a que todo en el mundo sea
como es debido para empezar a portarse él mismo como es debido ha nacido para
mentecato, para bribón o para las dos cosas, que también suele pasar? ¿Que por
muchas prohibiciones que se nos impongan y muchos policías que nos vigilen
siempre podremos obrar mal —es decir, contra nosotros mismos— si queremos? Pues
te lo digo, te lo digo con toda la convicción del mundo. Un gran poeta y narrador argentino, Jorge Luís Borges, hace al principio de
uno de sus cuentos la siguiente reflexión sobre cierto antepasado suyo: «Le tocaron,
como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir.» En efecto, nadie ha vivido
nunca en tiempos completamente favorables, en los que resulte sencillo ser hombre
y llevar una buena vida. Siempre ha habido violencia, rapiña, cobardía, imbecilidad
(moral y de la otra), mentiras aceptadas como verdades porque son agradables de oír...
A nadie se le regala la buena vida humana ni nadie consigue lo conveniente para él
sin coraje y sin esfuerzo: por eso virtud deriva etimológicamente de vir, la fuerza viril
del guerrero que se impone en el combate contra la mayoría. ¿Te parece un auténtico
fastidio? Pues pide un libro de reclamaciones... Lo único que puedo garantizarte es que
nunca se ha vivido en el paraiso y que la decisión de vivir bien la tiene que tomar cada cual
respecto a sí mismo, día a día sin esperar a que la estadística le sea favorable o el resto
del universo se lo pida por Favor.
El meollo de la responsabilidad, por si te interesa saberlo, no consiste
simplemente en tener la gallardía o la honradez de asumir las propias meteduras de
pata sin buscar excusas a derecha e izquierda. El tipo responsable es consciente de
lo real de su libertad. Y empleo «real» en el doble sentido de «auténtico» o
«verdadero» pero también de «propio de un rey»: el que toma decisiones sin que
nadie por encima suyo le dé órdenes. Responsabilidad es saber que cada uno de mis
actos me va construyendo, me va definiendo, me va inventando. Al elegir lo que
quiero hacer voy transformándome poco a poco. Todas mis decisiones dejan huella
en mí mismo antes de dejarla en el mundo que me rodea. Y claro, una vez empleada mi
libertad en irme haciendo un rostro ya no puedo quejarme o asustarme de lo que veo
en el espejo cuando me miro... Si obro bien cada vez me será más difícil obrar mal (y
al revés, por desgracia): por eso lo ideal es ir cogiendo el vicio... de vivir bien. Cuando
al protagonista de la película del oeste le dan la oportunidad de que dispare al villano
por la espalda y él dice: «Yo no puedo hacer eso», todos entendemos lo que quiere
decir. Disparar, lo que se dice disparar sí que podría, pero no tiene semejante
costumbre. ¡Por algo es el «bueno» de la historia! Quiere seguir siendo fiel al tipo que
ha elegido ser, al tipo que se ha fabricado libremente desde tiempo atrás.
Perdona si este capítulo me ha salido demasiado largo pero es que me he
entusiasmado un poco y además ¡tengo tantas cosas que decirles! Lo dejaremos aquí
y cogeremos fuerzas, porque todavia les prometo hablarles de lo qué consiste eso
de tratar a las personas como a personas, es decir con realismo o, si prefieres: con
bondad.

citas 6

«¡Oh, cobarde conciencia, cómo me afliges!... ¡La luz despide resplandores
azulencos!... ¡Es la hora de la medianoche mortal!... ¡Un sudor frío empapa mis
temblorosas carnes!... ¡Cómo! ¡Tengo miedo de mí mismo?... Aquí no hay nadie...
Ricardo ama a Ricardo... Eso es; yo soy yo... ¡Hay aquí algún asesino?... No... ¡Sí!...
¡Yo!... ¡Huyamos, pues!... ¡Cómo! ¿De mí mismo?... ¡Valiente razón!... ¿Por qué?... ¡Del
miedo a la venganza! ¡Cómo! ¡De mí mismo contra mí mismo? ¡Ay! ¡Yo me amo! ¿Por
qué causa? ¿Por el escaso bien que me he hecho a mí mismo? ¡Oh, no! ¡Ay de mí!...
¡Más bien debería odiarme por las infames acciones que he cometido! ¡Soy un
miserable! Pero miento: eso no es verdad... ¡Loco, habla bien de ti! ¡Loco, no te
adules! ¡Mi conciencia tiene millares de lenguas, y cada lengua repite su historia
particular, y cada historia me condena como un miserable! ¡El perjurio. el perjurio en
el más alto grado! ¡El asesinato, el horrendo asesinato hasta el más feroz extremo!
Todos los crímenes diversos, todos cometidos bajo todas las formas, acuden a
acusarme, gritando todos: ¡Culpable! ¡Culpable!... ¡Me desesperaré! ¡No hay criatura
humana que me ame! ¡Y si muero, ningún alma tendrá piedad de mí!... ¿Y por qué había
de tenerla? ¡Si yo mismo no he tenido piedad de mí!» (William Shakespeare, La
tragedia de Ricardo III)

«"No hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti" es uno de los
principios más fundamentales de la ética. Pero es igualmente justificado afirmar: todo
lo que hagas a otros te lo haces también ti mismo» (Erich Fromm, Ética y psicoanálisis).

«Todos, cuando favorecen a otros, se favorecen a sí mismos; y no me refiero
al hecho de que el socorrido querrá socorrer y el defendido proteger, o que el buen
ejemplo retorna, describiendo un círculo, hacia el que lo da —como los malos ejemplos
recaen sobre sus autores, y ninguna piedad alcanza a aquellos que padecen injurias
después de haber demostrado con sus actos que podían hacerse—, sino a que el valor
de toda virtud radica en ella misma, ya que no se practica en orden al premio: la
recompensa de la acción virtuosa es haberla realizado« (Séneca, Cartas a Lucilio)

PONTE EN SU LUGAR

Robinson Crusoe pasea por una de las playas de la isla en la que una
inoportuna tormenta con su correspondiente naufragio le ha confinado. Lleva su loro
al hombro y se protege del sol gracias a la sombrilla fabricada con hojas de palmera
que le tiene justificadamente orgulloso de su habilidad. Piensa que, dadas las
circunstancias, no se puede decir que se las haya arreglado del todo mal. Ahora tiene
un refugio en el que guarecerse de las inclemencias del tiempo y del asalto de las
fieras, sabe dónde conseguir alimento y bebida, tiene vestidos que le abriguen y que
él mismo se ha hecho con elementos naturales de la isla, los dóciles servicios de un
rebañito de cabras, etc. En fin, que sabe cómo arreglárselas para llevar más o menos
su buena vida de náufrago solitario. Sigue paseando Robinson y está tan contento
de sí mismo que por un momento le parece que no echa nada de menos. De pronto, se
detiene con sobresalto. Allí, en la arena blanca, se dibuja una marca que va a
revolucionar toda su pacífica existencia: la huella de un pie humano.
¿De quién será? ¿Amigo o enemigo? ¿Quizá un enemigo al que puede
convertir en amigo? ¿Hombre o mujer? ¿Cómo se entenderá con él o ella? ¿Qué trato
le dará? Robinson está ya acostumbrado a hacerse preguntas desde que llegó a la isla
y a resolver los problemas del modo más ingenioso posible: ¿qué comeré? ¿dónde me
refugiaré? ¿cómo me protegeré del sol? Pero ahora la situación no es igual porque ya
no tiene que vérselas con acontecimientos naturales, como el hambre o la lluvia, ni
con fieras salvajes, sino con otro ser humano: es decir, con otro Robinson o con otros
Robinsones y Robinsonas. Ante los elementos o las bestias, Robinson ha podido
comportarse sin atender a nada más que a su necesidad de supervivencia. Se trataba
de ver si podía con ellos o ellos podían con él, sin otras complicaciones. Pero ante
seres humanos la cosa ya no es tan simple. Debe sobrevivir, desde luego, pero ya no
de cualquier modo. Si Robinson se ha convertido en una fiera como las demás que
rondan por la selva, a causa de su soledad y su desventura, no se preocupará más que
de si el desconocido causante de la huella es un enemigo a eliminar o una presa a
devorar. Pero si aún quiere seguir siendo un hombre... Entonces se las va a ver no ya
con una presa o un simple enemigo, sino con un rival o un posible compañero; en
cualquier caso, es con un semejante.
Mientras está solo Robinson se enfrenta a cuestiones técnicas, mecánicas,
higiénicas, incluso científicas, si me apuras. De lo que se trata es de salvar la vida, en
un medio hostil y desconocido. Pero cuando encuentra la huella de Viernes en la arena
de la playa empiezan sus problemas éticos. Ya no se trata solamente de sobrevivir,
como un repollo, perdido en la naturaleza; ahora tiene que empezar a vivir
humanamente, es decir, con otros o contra otros hombres, pero entre hombres. Lo
que hace «humana» a la vida es el transcurrir en compañía de humanos, hablando con
ellos, pactando y mintiendo, siendo respetado o traicionado, amando haciendo
proyectos y recordando el pasado, desafiándose, organizando juntos las cosas
comunes, jugando, intercambiando símbolos... La ética no se ocupa de cómo
alimentarse mejor o de cuál es la manera más recomendable de protegerse del frío ni
de qué hay que hacer para vadear un río sin ahogarse, cuestiones todas ellas sin duda
muy importantes para sobrevivir en determinadas circunstancias; lo que a la ética le
interesa, lo que constituye su especialidad, es cómo vivir bien la vida humana, la vida
que transcurre entre humanos. Si uno no sabe cómo arreglárselas para sobrevivir en
los peligros naturales, pierde la vida, lo cual sin duda es un fastidio grande; pero si
uno no tiene ni idea de ética, lo que pierde o malgasta es lo humano de su vida y eso
no tiene ninguna gracia, francamente, tampoco.
Antes te dije que la huella en la arena anunció a Robinson la proximidad
comprometedora de un semejante. Pero vamos a ver, ¿hasta qué punto era Viernes
semejante a Robinson? Por un lado, un europeo del siglo XVII, poseedor de los
conocimientos científicos más avanzados de su época, educado en la religión
cristiana, familiarizado con los mitos homéricos y con la imprenta; por otro, un salvaje
caníbal de los mares del Sur, sin más cultura que la tradición oral de su tribu, creyente
en una religión politeísta(muchos dioses) y desconocedor de la existencia de las grandes ciudades
contemporáneas como Londres o Amsterdam. Todo era diferente del uno al otro: color
de la piel, aficiones culinarias, entretenimientos... Seguro que por las noches ni
siquiera sus sueños tenían nada en común. Y sin embargo, pese a tantas diferencias,
también había entre ellos rasgos fundamentalmente parecidos, semejanzas esenciales
que Robinson no compartía con ningún árbol o manantial de la tierra ni con ninguna
isla. Para empezar, ambos hablaban, aunque fuese en lenguas muy distintas. El
mundo estaba hecho para ellos de símbolos y de relaciones entre símbolos, no de
puras cosas sin nombre. Y tanto Robinson como Viernes eran capaces de valorar los
comportamientos, de saber que uno puede hacer ciertas cosas que están «bien» y
otras que son por el contrario «malas». A primera vista, lo que ambos consideraban
«bueno» y «malo» no era ni mucho menos igual, porque sus valoraciones concretas
provenían de culturas muy lejanas: el canibalismo, sin ir más lejos, era una costumbre
razonable y aceptada para Viernes, mientras que a Robinson —como a ti, supongo,
por inocente que seas— le merecía el más profundo de los horrores. Y a pesar de
ello los dos coincidían en suponer que hay criterios destinados a justificar qué es
aceptable y qué es horroroso. Aunque tuvieran posiciones muy distintas desde las
que discutir, podían llegar a discutir y comprender de qué estaban discutiendo. Ya es
bastante más de lo que se suele hacer con un tiburón o con una de roca,¿no?
Todo eso está muy bien, me dirás, pero lo cierto es que por muy semejantes
que sean los hombres no está claro de antemano cuál sea la mejor manera de
comportarse respecto a ellos. Si la huella en la arena que encuentra Robinson
pertenece a un miembro de la tribu de caníbales que pretende comérselo estofado, su
actitud ante el desconocido no deberá ser la misma que si se trata del grumete del
barco que viene por fin a rescatarle. Precisamente porque los otros hombres se me
parecen mucho pueden resultarme más peligrosos que cualquier animal feroz o que
un terremoto. No hay peor enemigo que un enemigo inteligente, capaz de hacer planes
minuciosos, de tender trampas o de engañarme de mil maneras. Quizá entonces lo
mejor sea tomarles la delantera y ser uno el primero en tratarles, por medio de violencia
o emboscadas, como si ya fuesen efectivamente esos enemigos que pudieran llegar
a ser... Sin embargo, esta actitud no es tan prudente como parece a primera vista: al
comportarme ante mis semejantes como enemigo, aumento sin duda las posibilidades
de que ellos se conviertan sin remedio en enemigos míos también; y además pierdo
la ocasión de ganarme su amistad o de conservarla si en principio estuviesen
dispuestos a ofrecérmela.
Mira este otro comportamiento posible ante nuestros peligrosos semejantes.

Marco Aurelio fue emperador de Roma y además filósofo, lo cual es bastante raro
porque los gobernantes suelen interesarse poco por todas las cuestiones que no sean
indiscutiblemente prácticas. A este emperador le gustaba anotar algo así como unas
conversaciones que tenía consigo mismo, dándose consejos, hasta imaginandose
broncas. Frecuentemente apuntaba cosas de este jaez (acudo a la memoria, no al libro,
de modo que no te lo tomes al pie de la letra): «Al levantarte hoy, piensa que a lo largo
del día te encontrarás con algún mentiroso, con algún ladrón, con algún adúltero, con
algún asesino. Y recuerda que has de tratarles como a hombres, porque son tan
humanos como tú y por tanto te resultan tan imprescindibles como la mandíbula
inferior lo es para la superior.» Para Marco Aurelio, lo más importante respecto a los
hombres no es si su conducta me parece conveniente o no, sino que —en cuanto
humanos—, me convienen y eso nunca debo olvidarlo al tratar con ellos. Por malos
que sean, su humanidad coincide con la mía y la refuerza. Sin ellos, yo podría quizá
vivir pero no vivir humanamente. Aunque tenga algún diente postizo y dos o tres con
caries, siempre es más conveniente a la hora de comer contar con una mandíbula
inferior que ayude a la superior...
Y es que esa misma semejanza en la inteligencia, en la capacidad de cálculo
y proyecto, en las pasiones y los miedos, eso mismo que hace tan peligrosos a los
hombres para mí cuando quieren serlo, los hace también supremamente útiles. Cuando
un ser humano me viene bien, nada puede venirme mejor. A ver, ¿qué conoces tú que
sea mejor que ser amado? Cuando alguien quiere dinero, o poder, o prestigio... ¿acaso
no apetece esas riquezas para poder comprar la mitad de lo que cuando uno es amado
recibe gratis? Y ¿quién me puede amar de verdad sino otro ser como yo, que funcione
igual que yo, que me quiera en tanto que humano... y a pesar de ello? Ningún bicho,
por cariñoso que sea, puede darme tanto como otro ser humano, incluso aunque sea
un ser humano algo antipático. Es muy cierto que a los hombres debo tratarlos con
cuidado, por si acaso. Pero ese «cuidado» no puede consistir ante todo en recelo o
malicia, sino en el miramiento que se tiene al manejar las cosas frágiles, las cosas más
frágiles de todas... porque no son simples cosas. Ya que el vínculo de respeto y
amistad con los otros humanos es lo más precioso del mundo para mí, que también lo
soy, cuando me las vea con ellos debo tener principal interés en resguardarlo y hasta
mimarlo, si me apuras un poco. Y ni siquiera a la hora de salvar el pellejo es
aconsejable que olvide por completo esta prioridad. Marco Aurelio, que era
emperador y filósofo pero no imbécil, sabía muy bien lo que tú también sabes: que hay
gente que roba, que miente y que mata. Naturalmente, no suponía que por aquello de
llevarse bien con el prójimo hay que favorecer semejantes conductas. Pero tenía
bastante claras dos cosas que me parecen muy importantes:
Primera: que quien roba, miente, traiciona, viola, mata o abusa de cualquier
modo de uno no por ello deja de ser humano. Aquí el lenguaje es engañoso, porque
al acuñar el título de infamia («ése es un ladrón», «aquélla una mentirosa», «tal otro
un criminal») nos hace olvidar un poco que se trata siempre de seres humanos que,
sin dejar de serlo, se comportan de manera poco recomendable. Y quien «ha llegado»
a ser algo detestable como sigue siendo humano aún puede volver a transformarse de
nuevo en lo más conveniente para nosotros, lo más imprescindible...
Segunda: Una de las características principales de todos los humanos es
nuestra capacidad de imitación. La mayor parte de nuestro comportamiento y de
nuestros gustos la copiamos de los demás. Por eso somos tan educables y vamos
aprendiendo sin cesar los logros que conquistaron otras personas en tiempos
pasados o latitudes remotas. En todo lo que llamamos « civilización», «cultura», etc.,
hay un poco de invención y muchísimo de imitación. Si no fuésemos tan copiones,
constantemente cada hombre debería empezarlo todo desde cero. Por eso es tan
importante el ejemplo que damos a nuestros congéneres sociales: es casi seguro que
en la mayoría de los casos nos tratarán tal como se vean tratados. Si repartimos a
troche y moche enemistad, aunque sea disimuladamente, no es probable que
recibamos a cambio cosa mejor que más enemistad. Ya sé que por muy buen ejemplo
que llegue a dar uno, los demás siempre tienen a la vista demasiados malos ejemplos
que imitar. ¿Para qué molestarse, pues, y renunciar a las ventajas inmediatas que sacan
a menudo los canallas? Marco Aurelio te contestaría: «¿Te parece prudente aumentar
el ya crecido número de los malos, de los que poco realmente positivo puedes esperar,y desanimar a la minoría de los mejores, que en cambio tanto pueden hacer por tubuena vida? ¿No es más lógico sembrar lo que intentas cosechar en lugar de lo
opuesto, aun a sabiendas de que la cizaña puede estropear tu cosecha? ¿Prefieres
portarte voluntariamente al modo de tanto loco como hay suelto, en lugar de defender
y mostrar las ventajas de la cordura?»
Pero estudiemos un poco más de cerca lo que hacen esos que llamamos
«malos», es decir, los que tratan a los demás humanos como a enemigos en lugar de
procurar su amistad. a lo mejor recuerdas la película de Frankenstein. Bueno,
pues en la novela de Mary W. Shelley en que se basa la película, la criatura hecha de
remiendos de cadáveres hace esta confesión a su ya arrepentido inventor: «Soy malo
porque soy desgraciado.» Tengo la impresión de que la mayoría de los supuestos
«malos» que corren por el mundo podrían decir lo mismo siempre y cuando fuesen
sinceros. Si se comportan de manera hostil y despiadada con sus semejantes es
porque sienten miedo, o soledad o porque carecen de cosas necesarias que muchos
poseen: desgracias, como verás. O porque padecen la mayor desgracia de todas, la de
verse tratados por la mayoría sin amor ni respeto, tal como le ocurría a la pobre criatura
del doctor Frankenstein, a la que sólo un ciego y una niña quisieron mostrar amistad.
No conozco gente que sea mala de puro feliz ni que martirice al prójimo como señal de
alegría. Todo lo más, hay bastantes que para estar contentos necesitan no enterarse
de los padecimientos que abundan a su alrededor y de algunos de los cuales son
cómplices. Pero la ignorancia, aunque esté satisfecha de sí misma, también es una
forma de desgracia...
Ahora bien: si cuanto más feliz y alegre se siente alguien menos ganas tendrá
de ser malo, ¿no será cosa prudente intentar fomentar todo lo posible la felicidad de
los demás en lugar de hacerles desgraciados y por tanto propensos al mal? El que
colabora en la desdicha ajena o no hace nada para ponerle remedio... se la está
buscando. ¡Que no se queje luego de que haya tantos malos sueltos! A corto plazo,
tratar a los semejantes como enemigos (o como víctimas) puede parecer ventajoso. El
mundo está lleno de «cabrones» o de descarados canallas que se consideran
sumamente astutos cuando sacan provecho de la buena intención de los demás y
hasta de sus desventuras. Francamente, no me parecen tan «listos» como ellos se
halagan en creer. La mayor ventaja que podemos obtener de nuestros semejantes no
es la posesión de más cosas (o el dominio sobre más personas tratadas como cosas,
como instrumentos) sino la complicidad y afecto de más seres libres. Es decir, la
ampliación y refuerzo de mi humanidad. «Y eso ¿para qué sirve?», preguntará el otro,
creyendo alcanzar el colmo de la astucia. A lo que tú puedes responderle: «No sirve
para nada de lo que tú piensas. Sólo los siervos sirven y aquí ya te he dicho que
estamos hablando de seres libres.» El problema del canalla es que no sabe que la
libertad no es algo que sirve ni gusta de ser servida, sino que busca contagiarse.
Tiene mentalidad de esclavo, el pobrecillo... ¡por muy «rico» en cosas que se
considere a sí mismo!
Y suspira luego el canalla, ahora ya tembloroso y reducido a simple cabron: «Si
yo no me aprovecho de los otros, ¡seguro que son los otros los que se aprovechan
de mí!» Es una cuestión de ratones-esclavos y leones-libres, con las debidas
reverencias para ambas especies zoológicas de mi mayor consideración. Diferencia
número uno entre el que ha nacido para ratón y el que ha nacido león: el ratón
pregunta «¿que me pasará?» y el león «¿qué haré?». Número dos: el ratón quiere
obligar a los demás a que le quieran para así ser capaz de quererse a sí mismo y el león
se quiere a sí mismo por lo que es capaz de querer a los demás. Número tres: el ratón
está dispuesto a hacer lo que sea contra los demás para prevenir lo que los demás
pueden hacer contra él, mientras que el león considera que hace a favor de sí mismo
todo lo que hace a favor de los demás. Ser ratón o ser león: ¡he aquí la cuestión! Para
el león está bastante claro, «tenebrosamente claro», como diría el poeta Antonio
Machado —que el primer perjudicado cuando intento perjudicar a mi semejante soy
precisamente yo mismo... y en lo que soy tengo de más valioso, de menos servil.
Llegamos por fin al momento de intentar responder a una pregunta cuya
contestación directa (indirectamente y con rodeos hace bastantes páginas que no
hablamos de otra cosa) hemos aplazado ya demasiado tiempo: ¿en qué consiste tratar
a las personas como a personas, es decir, humanamente? Respuesta: consiste en que
intentes ponerte en su lugar. Reconocer a alguien como semejante implica sobre todo
la posibilidad de comprenderle desde dentro, de adoptar por un momento su propio
punto de vista. Es algo que sólo de una manera muy novelesca y dudosa puedo
pretender con un murciélago o con un geranio, pero que en cambio se impone con los
seres capaces de manejar símbolos como yo mismo. A fin de cuentas, siempre que
hablamos con alguien lo que hacemos es establecer un terreno en el que quien ahora
es «yo» sabe que se convertirá en «tú» y viceversa. Si no admitiésemos que existe
algo fundamentalmente igual entre nosotros (la posibilidad de ser para otro lo que otro
es para mí) no podríamos cruzar ni palabra. Allí donde hay cruce, hay también
reconocimiento de que en cierto modo pertenecemos a lo de enfrente y lo de enfrente
nos pertenece... Y eso aunque yo sea joven y el otro viejo, aunque yo sea hombre y
el otro blanco y el otro negro, mujer, aunque yo sea tonto y el otro listo, aunque yo
esté sano y el otro enfermo, aunque yo sea rico y el otro pobre. «Soy humano dijo un
antiguo poeta latino y nada de lo que es humano puede parecerme ajeno.» Es decir:
tener conciencia de mi humanidad consiste en darme cuenta de que, pese a todas las
muy reales diferencias entre los individuos, estoy también en cierto modo dentro de
cada uno de mis semejantes. Para empezar, como palabra...
Y no sólo para poder hablar con ellos, claro está. Ponerse en el lugar de otro
es algo más que el comienzo de toda comunicación simbólica con él: se trata de tomar
en cuenta sus derechos. Y cuando los derechos faltan, hay que comprender sus
razones. Pues eso es algo a lo que todo hombre tiene derecho frente a los demás
hombres, aunque sea el peor de todos: tiene derecho —derecho humano— a que
alguien intente ponerse en su lugar y comprender lo que hace y lo que siente. Aunque
sea para condenarle en nombre de leyes que toda sociedad debe admitir. En una
palabra, ponerte en el lugar de otro es tomarle en serio, considerarle tan plenamente
real como a ti mismo. ¿Recuerdas a nuestro viejo amigo el ciudadano Kane? ¿O a
Gloucester? Se tomaron tan en serio a sí mismos, tuvieron tan en cuenta sus deseos
y ambiciones, que actuaron como si los demás no fuesen de verdad, como si fuesen
simples muñecos o fantasmas: los aprovechaban cuando les venía bien su
colaboración, los desechaban o mataban si ya no les resultaban utilizables. No
hicieron el mínimo esfuerzo por ponerse en su lugar, por relativizar su interés propio
para tomar en cuenta también el interés ajeno. Ya sabes cómo les fue.
No te estoy diciendo que haya nada malo en que tengas tus propios
intereses, ni tampoco que debas renunciar a ellos siempre para dar prioridad a los de
tu vecino. Los tuyos, desde luego, son tan respetables como los suyos y lo demás
son cuentos. Pero fíjate en la palabra misma «interés»: viene del latín inter esse, lo que
está entre varios, lo que pone en relación a varios. Cuando hablo de «relativizar» tu
interés quiero decir que ese interés no es algo tuyo exclusivamente, como si vivieras
solo en un mundo de fantasmas, sino que te pone en contacto con otras realidades
tan «de verdad» como tú mismo. De modo que todos los intereses que puedas tener
son relativos (según otros intereses, según las circunstancias, según leyes y
costumbres de la sociedad en que vives) salvo un interés, el único interés absoluto:
el interés de ser humano entre los humanos, de dar y recibir el trato de humanidad sin
el que no puede haber «buena vida». Por mucho que pueda interesarte algo, si miras
bien nada puede ser tan interesante para ti como la capacidad de ponerte en el lugar
de aquellos con los que tu interés te relaciona. Y al ponerte en su lugar no sólo debes
ser capaz de atender a sus razones, sino también de participar de algún modo en sus
pasiones y sentimientos, en sus dolores, anhelos y gozos. Se trata de sentir simpatía
por el otro (o si prefieres compasión, pues ambas voces tienen etimologías
semejantes, la una derivando del griego y la otra del latín), es decir ser capaz de
experimentar en cierta manera al unísono con el otro, no dejarle del todo solo ni en su
pensar ni en su querer. Reconocer que estamos hechos de la misma pasta, a la vez
idea, pasión y carne. O como lo dijo más bella y profundamente Shakespeare: todos
los humanos estamos hechos de la sustancia con la que se trenzan los sueños. Que
se note que nos damos cuenta de ese parentesco.
Tomarte al otro en serio, es decir, ser capaz de ponerte en su lugar para
aceptar prácticamente que es tan real como tú mismo, no significa que siempre debas
darle la razón en lo que reclama o en lo que hace. Ni tampoco que, como le tienes por
tan real como tú mismo y semejante a ti, debas comportarte como si fueseis idénticos.
El dramaturgo y humorista Bernard Shaw solía decir: «No siempre hagas a los demás
lo que desees que te hagan a ti: ellos pueden tener gustos diferentes.» Sin duda los
hombres somos semejantes, sin duda sería estupendo que llegásemos a ser iguales
(en cuanto a oportunidades al nacer y luego ante las leyes), pero desde luego no
tenemos por qué empeñarnos en ser idénticos. ¡Menudo aburrimiento y menuda
tortura generalizada! Ponerte en el lugar del otro es hacer un esfuerzo de objetividad
por ver las cosas como él las ve, no echar al otro y ocupar tú su sitio... O sea que él
debe seguir siendo él y tú tienes que seguir siendo tú. El primero de los derechos
humanos es el derecho a no ser fotocopia de nuestros vecinos, a ser mas o menos
raros. Y no hay derecho a obligar a otro a que deje de ser «raro» por su bien salvo
que su «rareza» consista en hacer daño al prójimo directa y claramente...
Acabo de emplear la palabra «derecho» y me parece que ya la he utilizado un
poco antes. ¿Sabes por qué? Porque gran parte del difícil arte de ponerse en el lugar
del prójimo tiene que ver con eso que desde muy antiguo se llama justicia. Pero aquí
no sólo me refiero a lo que la justicia tiene de institución pública (es decir, leyes
establecidas, jueces, abogados, etc.), sino a la virtud de la justicia, o sea: a la habilidad
y el esfuerzo que debemos hacer cada uno —si queremos vivir bien— por entender
lo que nuestros semejantes pueden esperar de nosotros. Las leyes y los jueces
intentan determinar obligatoriamente lo mínimo que las personas tienen derecho a
exigir de aquellos con quienes conviven en sociedad, pero se trata de un mínimo y de
nada más. Muchas veces por muy legal que sea, por mucho que se respeten los
códigos y nadie pueda ponernos multas o llevarnos a la cárcel, nuestro
comportamiento sigue siendo en el fondo injusto. Toda ley escrita no es más que una
abreviatura, una simplificación —a menudo imperfecta— de lo que tu semejante puede
esperar concretamente de ti, no del Estado o de sus jueces. La vida es demasiado
compleja y sutil, las personas somos demasiado distintas, las situaciones son
demasiado variadas, a menudo demasiado íntimas, como para que todo quepa en los
libros de jurisprudencia. Lo mismo que nadie puede ser libre en tu lugar, también es
cierto que nadie puede ser justo por ti si tú no te das cuenta de que debes serlo para
vivir bien. Para entender del todo lo que el otro puede esperar de ti no hay más
remedio que amarle un poco, aunque no sea más que amarle sólo porque también es
humano... y ese pequeño pero importantísimo amor ninguna ley instituida puede
imponerlo. Quien vive bien debe ser capaz de una justicia simpática, o de una
compasión justa.
¡Vaya, me ha salido otro capítulo larguísimo! Pero tengo la excusa de que éste
es el capítulo más importante de todos. Lo fundamental de la ética de la que quiero
hablarte he intentado decirlo en estas últimas páginas. Me atrevería a pedirte que, si
no estás demasiado harto, lo leyeras otra vez antes de pasar más adelante. Aunque
si no lo haces porque estás algo cansado, ¡bueno, me pongo en tu lugar!